Pablo Casado ha agitado tres grandes banderas en su intento de hacerse con un espacio desde el que liderar dentro y fuera de su partido. Primero las enarboló para derrotar a Soraya Sáenz de Santamaría en las primarias del PP; después, con el objetivo de robárselas a Rivera y a su partido, Ciudadanos, que hasta ese momento las exhibía casi en exclusividad, haciéndolas propias; y, en tercer lugar, levantó otra bandera bien alto para confrontar con el Gobierno y con la izquierda.

El presidente de lo populares recorre España blandiendo en una mano una gran bandera que lleva impreso -bien visible- el fantasma de lo que fue la organización terrorista ETA; mientras, en la otra mano exhibe sin complejo alguno otra gran bandera con un barco al fondo -el Aquarius, la política de inmigración-. Y, por encima de éstas una tercera bien asida en la que se puede ver un mapa de España coloreado de rojigualda.

Eran muchos los que pensaban que el fuerte posicionamiento del nuevo líder de los populares en la política de acercamiento de presos, en el control de la inmigración y en cómo abordar el conflicto con el independentismo catalán era un movimiento táctico para ganar las primarias populares. Se creyó que, una vez confirmado en el congreso del PP como máximo responsable, iría modulando paulatinamente su discurso para irse acercando a posiciones ideológicas más centradas, que son las que históricamente lhan otorgado a su partido magníficos resultados electorales. Sin embargo, los hechos desmienten los augurios. En estos tres asuntos -muy sensibles, de Estado- el consenso ha saltado por los aires y serán objeto de dura confrontación entre la derecha y la izquierda. Para el nuevo presidente del del PP, el siguiente objetivo es afianzarse como líder de la derecha española frenando, primero, el vertiginoso ascenso que venía experimentando Ciudadanos hasta la moción de censura y posterior renuncia de Rajoy; y, alcanzada esa meta, pretende recuperar el electorado más conservador que estaba echándose en manos de Albert Rivera.

El nuevo curso político que comienza en septiembre nos traerá, además de la ya clásica confrontación entre constitucionalistas-independentistas, otras interesantes confrontaciones políticas. El Gobierno tiene muy condicionada su capacidad de gestión debido a su asfixiante debilidad parlamentaria, de ahí que proliferen las políticas de gestos con apelación constante a los valores que representa la izquierda frente a la derecha conservadora.

La abstención de Podemos que ayudó a derrotar al Gobierno de Sánchez en su propuesta para fijar el techo de gasto y los objetivos de déficit, así como las condiciones que empieza a poner para apoyar los Presupuestos del Estado del próximo año, son toda una declaración de intenciones y confirma que la formación morada va a pelear por ocupar una buena parte del espacio de la izquierda que le gustaría monopolizar al PSOE. Al otro lado, todo parece indicar que en el espacio que sociológicamente abarca la derecha española se va a librar una dura batalla entre Casado-Rivera, Ciudadanos-PP, para ganarse al votante más conservador y así convertirse en el referente de lo que representa sus esencias.

En España, después de los atentados del 11 de marzo del 2004 en Madrid, debido a cómo se gestionó por parte del PSOE y del entonces Gobierno del PP el espacio temporal entre el atentado y las elecciones que se celebraron tres días después , se produjo una crisis profunda en las relaciones entre ambas formaciones políticas, fractura que se ha alargado hasta el acuerdo de octubre del 2017 para aplicar el artículo 155 en Cataluña.

La circunstancias que rodearon la moción de censura del pasado mes de junio a Rajoy hacen que las relaciones entre el PP y el PSOE vuelvan a ser muy distantes y que sea una quimera pensar en que van a ser posibles acuerdos de Estado liderados por Sánchez. En este marco, Pablo Casado trabaja para lograr su segundo gran objetivo: anular a Rivera y a Ciudadanos; pensará el presidente del PP que ya habrá tiempo de trabajar con un discurso más centrado, que le permita aglutinar una mayoría social para ganar las próximas elecciones. Ahora, una vez derrotada Sáenz de Santamaría, el objetivo es abortar las buenas expectativas de crecimiento que exhibía el partido de Rivera hasta la moción de censura y posterior renuncia de Rajoy.

Sin duda, cuenta el nuevo líder de los populares con importantes armas para amplificar su mensaje y terminar por desplazar de la escena a Ciudadanos; los 137 escaños en el Congreso de los Diputados y la mayoría absoluta en el Senado son poderosas razones. La política antiterrorista y el acercamiento de presos; la inmigración que nos llega a través del mar y todo lo que tiene que ver con el conflicto con los independentistas catalanes y la unidad de España son temas muy sensibles que Casado va a seguir utilizando sin ningún rubor para ganarle, primero, protagonismo a Ciudadanos y, después, para confrontar con la izquierda. Casado necesita calentar la escena política para recuperar el espacio que ha perdido el PP. Se avecina un curso político de confrontación a varias bandas.